domingo, 12 de octubre de 2014

Todo visto desde la nada.

Su cuerpo saciado a medias buscaba algo más que un simple abrazo de vez en cuando, algo más que un beso en la mejilla o incluso en los labios si aquél día era afortunado. Necesitaba que alguien suspirase por él, no tener que poner siempre de su parte.
Unas veces se sentía muy afortunado, otras no tanto, notaba cómo los cristales empañados le recordaban cómo su entumecida mente se coagulaba cada vez que pensaba en una muestra de cariño, quería ser fiel, no ir a otra persona, sólo él, ellos.
Tiene miedo, no se atreve a caminar siendo lo que es, se encuentra cohibido entre la muchedumbre, la gente le mira mal, se giran cuando recibe amor, nada del otro mundo observado como una cosa de otra galaxia, no entiende lo que pasa, el mundo está hecho una puta mierda.
Se pone su capucha en casa, no quiere que sus ideas se escapen, no quiere pasar frío, quiere un abrazo fortuito, ahora sí.
Suspira empañando el cristal, se queda contemplando las gotas bajar deseando formar una carrera acuática que le distraiga del imperfecto mundo en el que vive, pero se estancan, no avanzan, las gotas de lluvia han jodido su plan. Están estancadas, como él, como sus sentimientos.
Se da la vuelta, va a la cama, llega a la conclusión de que le da igual lo que la gente piense, hable o diga que le incumba, es su vida, no la de los demás, si no les gusta que no miren, nadie les obliga, si no te gusta una cosa, pues no lo seas, pero no obligues a los demás que no sean como son, pero, ¿él entiende todo esto?
Mientras intenta relajar su desastrosa mente se imagina aquellos días escondidos a principios de mes en el que todo era más bonito, cualquier sentimiento tapaba el otro, era una promesa de clarividencia de que todo iba a salir bien, no lo fue. Lo iba a ser. Tarde.
Después todo llegó, malas borrascas y buenas, montes pequeños y gigantescos, no se rindió, siguió por su camino de persistencia, le daba igual ser pesado, le daba igual caerse y morir, le daba igual acabar llorando, nunca había sentido aquella sensación, la misma que sentía antes de recibir la nota de un examen difícil que no sabía si iba a aprobar o suspender, aunque tenía una ligera idea de lo que iba a ser. Era su examen, su posible aprobado, su casi suspenso a media jornada.
-¿Qué? ¿Qué miras? Es lo que realmente siente.-
Abraza su almohada, aún siente sus venas sobre su tacto, aquella piel dura como un diamante y reluciente como una piedra. Creía ser minero, emperador de todas las reliquias habidas en el mundo, no, no era así, o sí, no sabía nada de lo que creía saber.
Agarra su propio pecho en señal divina de lo más basto que podía haber sobre el reino de los pobres, creía tener un corazón inmerso en el cariño que en realidad recibía en pequeñas dosis alteradas por otra persona bajada del mismísimo infierno, más aún. Era droga prohibida moralmente y dulce manjar traído del paraíso llamado universo, en realidad es devastador, bonito, a veces cruel.
Apaga la luz y se queda mirando al techo, cree ver las estrellas, pero son luciérnagas prometiendo algo que no iban a cumplir, sueños vividos en las pesadillas reales de su inversa verdad convertida en mentira.
Cierra los ojos y suspira, suspira dejando su pecho vacío, vacío de aire para tener más hueco donde meter el amor que ansiaba recoger al respirar después.
Ahí se encontraba él, suspirando por los suspiros de otra persona que iban dirigidos hacia otra persona distinta. ¿Qué otra cosa esperaba pidiendo deseos a la luz que ni si quiera cegaba la verdad?
Iluso, una pizca de soñador y mentalidad de guerrero, sólo eso, con extraños extras extraviados.

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