viernes, 8 de agosto de 2014

Las peores guerras las libran los mejores guerreros.

James se sentía miserable, como si nada de lo que quería fuese a hacerse realidad, como si todo lo que estaba a su alrededor jugaba en su contra, en cambio no tenía nada que temer, era un guerrero, un temible aspirante a sanguinario, mataba por sobrevivir, pero sobrevivía para matar, y aún así él también sufría de amor.
Su corazón se encogía por momentos, parecía que se volvía de cristal y era lanzado contra un bateador profesional que siempre daba donde más dolía.
Sentía cómo su sangre corría como ríos en su interior inundando cada sentimiento aterrador convirtiéndolos en sentimientos desgarradores para él.
Cada lágrima que derramaba significaba un pensamiento pesimista, cada sollozo un sentimiento de derrota, y cada vez que pensaba en aquél rostro aumentaban sus ganas de querer acabar con todo en cualquier momento.
No quería vivir más si no era para ser sanguinario de aquél corazón que tanto añoraba cada segundo, que echaba de menos cada vez que respiraba, pero... ¿cómo iba a echar de menos algo que jamás tuvo?
Tenía claro que su órgano vital no latía únicamente para él, que la otra persona tenía otro mundo por descubrir aún siendo el único mundo que James necesitaba en su vida, una única razón para sobrevivir, para seguir siendo lo que era, un  guerrero que luchaba por su amor, pero nuestro temible caballero admitía que jamás había participado en una guerra como la que presenció esa vez. Tanta gente muriendo cada segundo por una persona, y él no iba a ser menos, iba a morir en sus recuerdos, en su memoria, era lo que más temía, no ser correspondido, ser olvidado, y sentía que a cada segundo que pasaba eso se iba haciendo realidad, por lo cual tenía miedo, lo temido era real, y lo real era lo que temía.
No tenía escapatoria, ¿cómo iba a escapar de aquella guerra que ya había empezado? No podía, era incapaz de deshonrar su orgullo y de darle la espalda a todo lo que aspiraba, aunque solo era aquél triste y solitario corazón que ni quería ni se dejaba querer.
Si se vencía traicionaba a toda promesa que hizo, se traicionaría a si mismo y a su juramento de perseguir todo lo que quería.
Se armó con su mejor espada, se vistió con la armadura más fuerte del reino y se montó en el mejor caballo que había entonces, y sin pensárselo fue al lugar de batalla.

Sin a penas darse cuenta, ya estaba dentro de la lucha.
Estaba lleno de contrincantes y estaba seguro de cada persona representaba cada lágrima que estaba dejando escapar de su interior.
Para poder avanzar intentaba matar a todo aquél que se le ponía delante, pero no lograba alcanzarles con su arma, solo conseguía retrasarse más, era una pérdida de tiempo, pero se convenció de que aquello era lo que quería, hasta que le alcanzó una flecha el hombro izquierdo.
"Aún puedo seguir luchando con la derecha" pensó...
Dos flechas se clavaron en ese mismo instante es su brazo derecho.
Cada chorro de sangre empapaban sus ganas de querer llegar al final del valle donde terminaba la épica batalla, pero aún así lo intentó, no se rindió.
Alcanzó a un enemigo con su espada y le rebanó el cuello, eso hizo que se sintiera mejor, pero duró poco hasta que notó cómo una afilada espada de nombre "ilusiones" se clavaba en su costado.
En ese instante lo comprendió, tenía que arriesgarlo todo o estaba perdido.
Soltó la espada, se quitó la pesada armadura para ir más rápido y al galope de su veloz caballo se animó a sí mismo para llegar al final, al final de aquél corazón rebelde.
Ahora estaba indefenso, pero tenía más oportunidades de lograr aquello que más ansiaba.
Minutos después estaba a metros de conseguirlo. Bajó del caballo, anduvo hasta su destino, y cuando le quedaban dos palmos para llegar, recibió un hachazo en el pecho, justo en el corazón, dejando su interior hecho trizas que se mezclaban con su pesimismo y la realidad.
Tanto esfuerzo le resultó en vano, o eso pensó en su último aliento, pero no sabía que toda su sangre se esparció dejando huella, por supuesto, encima de otras manchas de sangre de otros que también intentaron librar esta dura batalla.
Todos dejando una huella que tarde o temprano se desvanecerá.

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