jueves, 28 de agosto de 2014

El Valle de los Extinguidos. - Capítulo 1. Lo que el viento arrasó.






El Valle de los Extinguidos.










Alberto Muñoz Belmonte.


Capítulo 1. Lo que el viento arrasó.

La brisa corría entre los árboles haciendo volar el aroma de las flores que suavizaba el calor que desprendía el sol situado en lo alto del cielo, iluminando cada rama con sus hojas llenas de vida y que atribuía al césped un color verde potente gracias a la luz que en varios puntos de entre las copas de los robustos y elegantes árboles dejaban pasar.
Entre la espesura del bosque se encontraba Josh en medio de un claro donde gracias a la existencia permanente de la luz el césped crecía con más intensidad, y apoyada en su hombro estaba una chica con el pelo alborotado color pelirrojo cobrizo que no dejaba a la vista su cara.
-Perdona... ¿quién eres? -Preguntó Josh mientras intentaba inclinar la cabeza para ver su rostro.
-Eso ahora mismo no importa. -Respondió la chica hundiendo su mejilla más en el hombro.
Aquella era una voz dulce, tan tranquilizante capaz de calmar hasta la peor tempestad habida y por haber.
-¿Y qué es lo que importa entonces?
Silencio, el cuál dio paso a una ligera brisa en el entorno que mecía hoja por hoja de las ramas de cada árbol que admiraban el momento.
-¿Me respondes o vas a seguir ignorándome?
Silencio.
Los soplidos de viento se convirtieron ascendentemente en grandes ráfagas de aire que agitaban los árboles más finos y les arrancaban sus hojas convirtiéndolos en esqueletos desnudos de madera.
La chica se levantó despacio y retrocedió unos pasos con inseguridad hacia atrás, lo que hizo que Josh se levantara casi perdiendo el equilibrio por culpa del viento. Se acercó a la desconocida y esta, aún con el rostro sin descubrir, empezó a correr hacia la otra parte del claro donde estaban.
-¡Eh! ¡Puede ser peligroso! -Gritó por encima del ruido que hacía el aire, pero al ver que la extraña no reaccionaba decidió ir a por ella para buscar un lugar más seguro.
Mientras corría, las corrientes de aire crecían hasta convertirse en grandes presiones que le evitaban seguir hacia el comienzo de la espesura del bosque, y cuando Josh dio un paso en falso fue arrastrado brutalmente contra un árbol situado en la otra parte del claro, hacia donde el viento se dirigía.
Mientras Josh intentaba despegarse de aquél fornido árbol sentía que no podía respirar debido al golpe asestado y a la gran presión de las corrientes. Las ramas se agitaban feroces como si fuesen serpientes enfurecidas con ganas de pegarle un mordisco en cualquier momento y el viento impedía que pudiese abrir los ojos del todo. Cuando por fin había conseguido poner una de las manos sobre la superficie de la rugosa madera vio cómo un árbol de tamaño colosal se arrancaba del suelo raíz a raíz y se precipitaba a gran velocidad sobre él. Si no salía de ahí en unos segundos iba a ser embestido mortalmente y tendría su ataúd de dos paredes en vez del típico ataúd de seis tablas de madera en el que él creía que algún día iba a acabar, y no precisamente en ese momento.
Josh puso la otra mano sobre el tronco y con la ayuda de sus brazos intentó deslizarse hacia un lado. El árbol estaba a diez metros.
No pudo moverse apenas unos milímetros. Quedaban ocho metros.
Cerró los ojos para no ver el golpe de gracia mientras de sus ojos salían unas lágrimas y de su boca se escapó un grito ahogado. Solo cinco metros le separaban de su muerte.
Recordó el tono de voz de aquella chica... “eso ahora mismo no importa.” Cuatro metros solo para el fin.
Pensó en aquella chica y en si su destino estaba siendo el mismo que el suyo. Sólo faltaba poco más de un metro para su final.
Abrió los ojos cuando quedaban unos centímetros y justo en el momento del impacto todo se desvaneció.

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