viernes, 8 de noviembre de 2013

Cuento de medianoche.

Me tumbo, cuento las estrellas que imaginariamente sobrevuelan el techo de mi habitación, y antes de darme cuenta caigo rendido en mi mullida almohada que tantas veces había oído mis aburridas pero intensas aventuras de amor, amistad, dolor, felicidad..., y empiezo a surcar los mares que algunos llaman "sueños".

La leve brisa marina azota mis mejillas haciendo elevar los extremos de mis labios, formando una sonrisa perfectamente imperfecta, que expresa armonía, felicidad, tranquilidad... todo lo que mi ilusión dejó.
Soy capitán de mi barco al que me gusta llamar "esperanza", la esperanza que necesitaba para seguir adelante en mi travesía para encontrar un gran tesoro que un día un malvado y desgastado pirata escondió en una isla situada en un lejano mar desconocido.
 Los fieles tripulantes que viajaban acompañándome a bordo del navío se movían de estribor a babor, de popa a proa, de un lado a otro preparando el medio de transporte que nos haría poseedores del botín al que llamaban "felicidad", sin saber muy bien lo que contendría tal preciado cofre del que tanto había oído hablar.
Pasaban los días, las noches, y nuestros ánimos no decaían pese a la escasez de alimentos y salud en el barco. Los tripulantes y yo sabíamos que tarde o temprano, debido a nuestras ilusiones, acabaríamos encontrando aquella deseosa recompensa que la vida nos debía por tantos años de pobreza, angustiosa tristeza y soledad.
Cada noche me acostaba mirando aquella foto que me dio aquél hombre encapuchado en la taberna más transitada de toda la ciudad. Me dijo avivando mis ganas de encontrar el cofre que lo que aquella foto muestra es la diminuta apariencia de la isla donde se esconde el tesoro.
Contra todo pronóstico, una noche calmada con el cielo lleno de tantas estrellas como cuentos hay en el mundo, las olas empezaron a tomar alturas tan inmensas como nuestras ganas por terminar la travesía, y el cielo empezó a encapotarse con nubes tan negras que no dejaban a la vista ni si quiera la redonda y luminosa luna que nos guiaba a ciegas con su tenue luz hasta nuestro destino.
Junto a mi tripulación, salgo de inmediato a la cubierta para ver las inmensas alturas de las escalofriantes olas que acechan nuestro tranquilo barco, y en un intento de correr de vuelta hasta el interior del buque, una ola vuelca la embarcación.
Antes de poder agarrarme al borde de la cubierta, me golpeo la cabeza y caigo inconsciente al mar, donde a la deriva, sin ningún tipo de guía, soy arrastrado sin rumbo, llevado por la mar.
Abro los ojos, y mis manos, envueltas en fina arena, se retuercen como si tuviesen vida propia. ¿estoy muerto? ¿Acaso soñé la tormenta que atacó a mi barco?
Ninguna de estas opciones era correcta.
Me encontraba en una isla, y a juzgar por la apariencia que me recordaba a aquella foto del pequeño islote, sin duda alguna era donde se escondía el gran tesoro que tanto ansiaba.
Con ganas y sin pensar me levanto de inmediato pese a los mareos que mi tormentoso viaje me habían dejado, y siguiendo el instinto que mi mente me brindó en ese momento, empiezo a escavar con mis arrugadas manos en la arena, junto a la única pero enorme piedra que se sitúa justo en la mitad de la pequeña isla.
A juzgar por el sol, pasadas unas dos horas y habiendo escavado en diferentes lugares al rededor de la roca, encuentro por fin algo duro de madera, un cofre, el tesoro al que tanta gente llamaba "felicidad", justo lo que en aquél momento empezaba a sentir.
Cuando abro el cofre y me doy cuenta de la inmensa cantidad de oro y joyas que había en tan reducido espacio, empiezo a pensar en las cosas que podría comprar, en todo lo que podría tener bajo mi dominio, y en el alto reconocimiento social que iba a alcanzar, pero según pasaban las horas y lo único que podía hacer era abrazar al rígido cofre, me doy cuenta de que de nada me servía aquél tesoro si no me iba a sacar de aquél diminuto y desierto lugar donde el dinero era la menor preocupación que podía tener.
Unos días más tarde sin alimento y sin bebida que echar en mi vacío estómago, medio moribundo, me pregunto si de verdad esta caja contenía lo que todo el mundo le atribuía, la felicidad, y rápidamente me doy cuenta de que no es más que una mentira, una manera de auto engañarse para ser feliz con algo que en realidad no te ayuda más que un simple y sencillo bote salvavidas, y pobre de mí, me lo creí, convirtiendo este baúl en un sueño que tanto había perseguido cegado por las ganas de encontrar la felicidad sobre todas las cosas, una felicidad nula, un sentimiento que empiezo a darme cuenta de que en realidad no era felicidad lo que escondía, si no una avaricia que tarde o temprano acabaría con el hundimiento de mi buque llamado "esperanza", de mi tripulación, mis únicos amigos, y una mi muerte inminente frente a la astuta y engañosa vida y bajo un extenso cielo que al descubierto muestra toda su belleza con miles de estrellas que fugazmente, como mis sueños esfumados, se mueven por el espacio.

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